Día 4.
Querido cualquiera:
A veces se me olvida respirar. Cuando pongo un pie en la calle nada más entrada la mañana, y mi otro engranaje movible permanece estático en mi 'yo aún dormido'. Cojo el autobús de las ocho, con el pensamiento de que se me escapa algo que no llevo conmigo, quizás un pulmón, o la última vértebra de mi columna que permite asomar a mi cabecita inquieta y decir '¿Qué tal, mundo? Parece como si hoy llevases un vestido nuevo'. Y como si fuésemos colegas de toda la vida, de esos que se empujan a codazos por ver quién de los dos pide clemencia al otro, el mundo estrecha mi mano y me recuerda una mañana más que ya lo he hecho, que sigo entera y sin descomponer, desde que abrí los ojos y me recosté sobre la cama. Estaba completa: latidos pausados, sonidos tocando en directo para mí... No me hacía falta nada, solo expulsar el aire, y recordar cada día que no podía permitirme el lujo de dejar de hacerlo. Ni si quiera cuando tuviese la sensación de que cuatro pulmones baten más asaltos que dos medio tullidos.
Abigail.
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jueves, 18 de abril de 2013
domingo, 3 de febrero de 2013
Abigail (III).
Día 3.
Querido cualquiera:
A veces pienso en no pensar demasiado. Pero luego acabo teniendo una discusión mental con mi yo interior, y 'pensar en nada' se convierte en 'pensar en todo'. Y ese todo engloba los momentos de mi vida que me gustaría editar, cortar o pegar, las palabras que me hubiese comido en situaciones en las que desbordaron sin poder evitarlo, en las tardes que llené con vacíos y no con personas que pudiesen ofrecerme lo mejor de sí mismos. Porque, si sigo pensando ahora, me doy cuenta de que eso es lo que somos, es lo que nos forma: una mezcla de todo lo que hacemos, los motivos que nos llevan a ello, las consecuencias, las emociones que surgen al final. Solo cuando caes y más tarde te recompones, aprecias el momento, la importancia de haber vuelto a emerger, e incluso la caída. Y desearías introducir una cámara en las escenas que, tarde o temprano, te hacen ser lo que eres, pensar lo que piensas, sonreír o agachar la cabeza, para ver una y otra vez ese minuto que te cambió la vida, que te cambió a ti.
Como siempre he vuelto enredarme un poco, y solo he dicho cosas que son mejores cuando las descubres. Así que cuando encuentres a alguien que te haga vibrar, que te mire como nadie lo ha hecho nunca, no lo dejes escapar. Y lo más importante: deja que te descubra.
Abigail.
Querido cualquiera:
A veces pienso en no pensar demasiado. Pero luego acabo teniendo una discusión mental con mi yo interior, y 'pensar en nada' se convierte en 'pensar en todo'. Y ese todo engloba los momentos de mi vida que me gustaría editar, cortar o pegar, las palabras que me hubiese comido en situaciones en las que desbordaron sin poder evitarlo, en las tardes que llené con vacíos y no con personas que pudiesen ofrecerme lo mejor de sí mismos. Porque, si sigo pensando ahora, me doy cuenta de que eso es lo que somos, es lo que nos forma: una mezcla de todo lo que hacemos, los motivos que nos llevan a ello, las consecuencias, las emociones que surgen al final. Solo cuando caes y más tarde te recompones, aprecias el momento, la importancia de haber vuelto a emerger, e incluso la caída. Y desearías introducir una cámara en las escenas que, tarde o temprano, te hacen ser lo que eres, pensar lo que piensas, sonreír o agachar la cabeza, para ver una y otra vez ese minuto que te cambió la vida, que te cambió a ti.
Como siempre he vuelto enredarme un poco, y solo he dicho cosas que son mejores cuando las descubres. Así que cuando encuentres a alguien que te haga vibrar, que te mire como nadie lo ha hecho nunca, no lo dejes escapar. Y lo más importante: deja que te descubra.
Abigail.
miércoles, 24 de octubre de 2012
Abigail (II).
Día 2.
Querido cualquiera:
No paro de oír quejas de la gente, sobre lo mal que funcionan las alegrías últimamente, y que parece ser, están contadas. Que los cafés ya no saben igual, que los remordimientos han ido in crescendo y que la lluvia empapa nuestros corazones. Los latidos siguen siendo latidos, pero cada día se hacen más intensos, menos descafeinados. Y que todos, absolutamente todos, buscamos algo de consuelo entre las historias de los demás. Esas que nos brindan un segundo de mirilla entre sus almas, para mirar allá donde nos sintamos con mayor y mejor cobijo. Una idea, una situación, una palabra... Convertir nuestras malas pasiones en esperanzas de otros. Siempre otorgando una condecoración al más vívido, al más emocionante, al que ofrece temperaturas veraniegas. De esta forma, le sigues la pista a cualquier chispa inmediata, cualquier sensación renovadora que te hace creer que, al fin y al cabo, todos los males son pasajeros. Así, nos lleva segundos encontrar un vacío lleno de tapujos, algo a lo que agarrarnos sin remordimiento alguno. En cambio, nos lleva años darnos cuenta de que es en nuestra propia historia, donde encontramos lo esencial para reconstruirnos cuando nos ha llevado la marea. Aunque, ahora que lo sabes, no te hace falta esperar una vida entera...
Abigail
Querido cualquiera:
No paro de oír quejas de la gente, sobre lo mal que funcionan las alegrías últimamente, y que parece ser, están contadas. Que los cafés ya no saben igual, que los remordimientos han ido in crescendo y que la lluvia empapa nuestros corazones. Los latidos siguen siendo latidos, pero cada día se hacen más intensos, menos descafeinados. Y que todos, absolutamente todos, buscamos algo de consuelo entre las historias de los demás. Esas que nos brindan un segundo de mirilla entre sus almas, para mirar allá donde nos sintamos con mayor y mejor cobijo. Una idea, una situación, una palabra... Convertir nuestras malas pasiones en esperanzas de otros. Siempre otorgando una condecoración al más vívido, al más emocionante, al que ofrece temperaturas veraniegas. De esta forma, le sigues la pista a cualquier chispa inmediata, cualquier sensación renovadora que te hace creer que, al fin y al cabo, todos los males son pasajeros. Así, nos lleva segundos encontrar un vacío lleno de tapujos, algo a lo que agarrarnos sin remordimiento alguno. En cambio, nos lleva años darnos cuenta de que es en nuestra propia historia, donde encontramos lo esencial para reconstruirnos cuando nos ha llevado la marea. Aunque, ahora que lo sabes, no te hace falta esperar una vida entera...
Abigail
sábado, 2 de junio de 2012
Abigail (I).
Día 1.
Era como amanecer. Desplegaba las cortinas y el sol bostezaba tras los cristales, dejando un efervescente sonido que hacía de despertador. Luego venía el rutinario ciclo matutino. Levántate del colchón, recoge los papeles que dejaste tirados tras una noche pensando en cómo acabar el proyecto... Y luego prepárate, abre muy bien los ojos y saluda con bueno humor a tu ciudad. Deslízate con elegancia por sus calles, sus gentes, sus rincones... Ya hace un mes que estoy en París y las cosas no van tan mal como esperaba. Tengo un trabajo, un gato que maulla todas las mañanas, un tazón de cereales cada desayuno, una vecina insoportable... No, definitivamente no estoy tan mal.
¿Alguna vez habéis tenido la inminente necesidad de salir por patas del lugar donde te criaste? Un día, sin previo aviso, la habitación en la cual has dormido toda tu vida se hace pequeña, el colchón de tu cama parece no adecuarse a ti, y tus acciones pasadas se hacen cada vez más vívidas y no te guardan piedad alguna. En ese momento te lo planteas, rondas la idea de buscar un cobijo, quizás pasajero, pero nuevo. La idea de la novedad, de deseos casi impensables, se hace hueco en nuestras cabezas, y no tenemos más opción que dejarnos guiar porque, ¿a quién le gusta vivir rezagado lejos de las oportunidades? Las personas somos así, de repente lo dejamos todo de golpe y decidimos seguir otro camino, buscando felicidad. El problema viene cuando nos arrepentimos de ciertas cosas y ya no hay vuelta atrás. Bueno, haberlo pensado antes, supongo.
Abigail.
Era como amanecer. Desplegaba las cortinas y el sol bostezaba tras los cristales, dejando un efervescente sonido que hacía de despertador. Luego venía el rutinario ciclo matutino. Levántate del colchón, recoge los papeles que dejaste tirados tras una noche pensando en cómo acabar el proyecto... Y luego prepárate, abre muy bien los ojos y saluda con bueno humor a tu ciudad. Deslízate con elegancia por sus calles, sus gentes, sus rincones... Ya hace un mes que estoy en París y las cosas no van tan mal como esperaba. Tengo un trabajo, un gato que maulla todas las mañanas, un tazón de cereales cada desayuno, una vecina insoportable... No, definitivamente no estoy tan mal.
¿Alguna vez habéis tenido la inminente necesidad de salir por patas del lugar donde te criaste? Un día, sin previo aviso, la habitación en la cual has dormido toda tu vida se hace pequeña, el colchón de tu cama parece no adecuarse a ti, y tus acciones pasadas se hacen cada vez más vívidas y no te guardan piedad alguna. En ese momento te lo planteas, rondas la idea de buscar un cobijo, quizás pasajero, pero nuevo. La idea de la novedad, de deseos casi impensables, se hace hueco en nuestras cabezas, y no tenemos más opción que dejarnos guiar porque, ¿a quién le gusta vivir rezagado lejos de las oportunidades? Las personas somos así, de repente lo dejamos todo de golpe y decidimos seguir otro camino, buscando felicidad. El problema viene cuando nos arrepentimos de ciertas cosas y ya no hay vuelta atrás. Bueno, haberlo pensado antes, supongo.
Abigail.
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