A Iván le ha dejado su novia. Entre remordimientos y flashbacks, pensamos en hacer un viaje juntos. Pronto cumplirá los veinticinco, y a partir de ahí las semanas son recados al supermercado, desayunos mal hechos. Luego llegan los treinta. Y ahí te mueres, dejas de respirar en el agua. Pasas a inhalar la superficie.
- Me dejarán tieso en la playa. Juro que solo me bastará un momento para arrepentirme de no haberla dejado yo antes. Aunque, antes de dibujar mis ojos en blanco por mucho tiempo, volveré a verla. Volveré a soñarla tal y como no era.
Iván acaba su discurso etílico mordiendo un sándwich de mantequilla con pinta de llevar olvidado más de tres días en la encimera. Y entonces pienso que aún tengo veinte años y estoy aprovechando mi vida. Y por qué no seguir así para los restos.